jueves, 16 de octubre de 2008

Captura de Atahualpa


El Inca Garcilaso de la Vega y Miguel de Estete aseguran que los españoles encontraron en Cajamarca "gente popular y algunos de la gente de guerra" de Atahualpa. Además, que fueron muy bien recibidos. Otros cronistas, como Jerez, aseguran que los españoles no encontraron gente en la llacta. Herrera dice que "sólo se veían en un extremo de la plaza unas mujeres que lloraban la suerte que el destino reservaba a los españoles que habían provocado la cólera del Emperador indio".

Cuando Pizarro entró en Cajamarca, Atahualpa se encontraba a media legua del asiento, en los Baños del Inca, donde había asentado su real, "con cuarenta mil indios de guerra" (Pedro Pizarro). Entrados en Cajamarca y antes de apearse, Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto con cinco o seis y un intérprete donde Atahualpa, para que le diga "que él venía de parte de Dios y del Rey a los predicar y tenerlos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que viniese a ver con él".
Parece ser que el recibimiento del Inca a Hernando de Soto fue más bien seco, pero envió una embajada para decirles que "podían quedarse en la llacta de Cajamarca, que él no podía ir porque estaba terminando su ayuno".
El Inca, una vez que se fueron los españoles, ordenó que veinte mil soldados imperiales se apostasen en las afueras de Cajamarca, para atrapar y amarrar a los españoles: estaba seguro que al ver tanta gente, los españoles huirían. Los españoles por su parte, pasaron en vela la noche por las noticias de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro, sobre la cantidad de gente que habían visto. Y por el hecho que no sabían cómo atacaban los indios de guerra al no haber peleado nunca contra ellos. Por su parte, Francisco Pizarro que sí tenía experiencia, por los largos relatos que le hacía Hernán Cortés sobre la conquista de los aztecas, tenía en mente aplicar el mismo método que el empleado en México por Cortés.
Pizarro dispuso que Pedro de Candia se colocase en lo más alto del tambo real, en el centro de la plaza, con tres trompeteros y un falconete pequeño. Tenían la orden de disparar cuando ya el Inca, se encontrara en la plaza. Luego del estruendo del falconete, harían sonar las trompetas. A los de caballo los dividió en dos fracciones al mando de Hernando de Soto, uno y de Hernando Pizarro, el otro. La orden era que cuando escuchasen el estruendo deberían salir de sus escondites. La infantería también estaría dividida en dos fracciones, una al mando de Francisco Pizarro y la otra al mando de Juan Pizarro. La orden, avanzar a capturar al Inca. Todos debían estar escondidos en los edificios que rodeaban la plaza hasta escuchar la voz de ataque: ¡Santiago!, que sería dada por el cura Valverde, en su momento.
Al día siguiente, los espías de Atahualpa le informaron de que "los españoles estaban tan asustados que se habían escondido en los tambos". No se apuró en ir a Cajamarca el Inca, primero comieron. Mientras, para los españoles la espera era angustiante. Pedro Pizarro, sobre esto, escribió "... yo oí a muchos españoles que sin sentirlos se orinaban de puro miedo".
Los cronistas fijan las cuatro de la tarde como la hora en que Atahualpa ingresa a la plaza de Cajamarca. Este dice: "A la hora de las cuatro comienzan a caminar por su calzada delante, derecho a donde nosotros estábamos; y a las cinco o poco más, llegó a la puerta de la ciudad". El inca comenzó su entrada en Cajamarca, antecedida por su vanguardia de cuatrocientos hombres con "grandes cantares", ingresó a la plaza con toda su gente, que cubría toda ella, en una "litera muy rica, los cabos de los maderos cubiertos de plata...; la cual traían ochenta señores en hombros; todos vestidos de una librea azul muy rica; y él vestido su persona muy ricamente con su corona en la cabeza y al cuello un collar de esmeraldas grandes; y sentado en la litera en una silla muy pequeña con un cojín muy rico". Jerez, escribía. "Entre estos venía Atabaliba en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata".
Cabe destacar que los acompañantes del Inca no traían armas; éstas, en poder de los soldados, venían a retaguardia. Atahualpa se sorprendió de no ver a ningún español en la plaza y mandó orejones a inspeccionar los tambos. Uno de los generales incas, sospechando, mandó traer la tropa de retaguardia. Esas lanzas y esas tropas jamás llegaron porque los acontecimientos de Cajamarca se sucedieron rápidamente y en una gran confusión.
Francisco Pizarro envió al cura dominico, fray Vicente de Valverde, al soldado Hernando de Aldama y al intérprete Martinillo. Ante el Inca, el cura Valverde hace el requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y someterse al dominio del rey de España, al mismo tiempo que le entregaba un evangelio. El diálogo que siguió es narrado de forma diferente por todos los testigos. Es posible que la tremenda angustia vivida en esos instantes impidiera después recordar las frases que se cruzaron en ese momento de tragedia.
Según algunos cronistas, la reacción del Inca fue de sorpresa, curiosidad, indignación y desdén. Atahualpa abrió y revisó el evangelio minuciosamente. Al no encontrarle significado alguno a lo escrito en él, lo tiró al suelo. Villanueva, dice que "luego le pidió (el Inca) su espada a Aldama. El español se la enseñó, pero no la entregó". La reacción posterior de Atahualpa fue decirle a Valverde que los españoles devolviesen todo lo que habían tomado de sus tierras sin su consentimiento; que nadie tenía autoridad para decirle al Hijo del Sol lo que tenía que hacer y que él haría su voluntad; y finalmente, que los extranjeros "se fuesen por bellacos y ladrones"; en caso contrario los mataría.
A una señal de Francisco Pizarro se puso en marcha lo planificado por él. Disparó el falconete de la artillería de Pedro de Candia y las trompetas y salieron los caballos. Según María Rostworowski:
"...sonaban los cascabeles atados a los caballos, disparaban ensordecedores los arcabuces; los gritos, alaridos y quejidos eran generales. En esta confusión los aterrorizados indígenas, en un esfuerzo por escapar, derribaron una pirca de la plaza y lograron huir. Tras ellos se lanzaron los jinetes, dándoles alcance mataron a todos los que pudieron, otros murieron aplastados por la avalancha humana".
Mientras tanto en la plaza de Cajamarca Pizarro buscaba el anda del Inca y Juan Pizarro la del Señor de Chincha. El Señor de Chincha y el Señor de Cajamarca fueron muertos por los españoles que los capturaron. También mataron a mucha gente del entorno de ambos señores. "Otros capitanes murieron, que por ser gran número no se hace caso de ellos, porque todos los que venían en guarda de Atabaliba eran grandes señores" (Jerez).
Igual suerte hubiera corrido Atahualpa de no ser por Francisco Pizarro, que ya se encontraba cerca de él, debido a que no podían derribar la litera del Inca, a pesar de que mataron a los portadores de la litera, ya que otros de refresco se metían a cargarla. Así estuvieron forcejeando gran tiempo; un español quiso herir al Inca, cuando Francisco Pizarro, gritó que "nadie hiera al indio so pena de la vida...", hasta que hicieron caer el anda y capturan al Inca, al que ponen bajo arresto en un ambiente del Templo del Sol.
Al caer la noche de aquel 16 de noviembre de 1532, habían terminado para siempre el Tawantisuyo, el Inca estaba cautivo y con su prisión llegaba a su fin la independencia del estado inca.
Aquel atardecer, la ceguera de Atahualpa subestimó totalmente la tecnología y audacia de los extranjeros. No pasó por su mente el peligro que corría al dejar a unos forasteros avanzar hasta su real en lugar de tenderles una emboscada en un desfiladero. El Inca creyó que podría eliminarlos en cualquier lugar y quiso primero satisfacer su curiosidad.
Después de la captura de Atahualpa, se inició el saqueo del real del Inca en los Baños del Inca. El soldado cronista Estete, dice: "... todas esas cosas de tiendas y ropas de lana y algodón eran en tan gran cantidad que a mi parecer fueran menester muchos navíos en que cupieran". Otro cronista dice: "...el oro y la plata y otras cosas de valor se recogió todo y se llevó a Cajamarca y se puso en poder del Tesorero de Su Majestad". Jerez nos dice del saqueo: "el oro y plata en piezas monstruosas y platos grandes y pequeños, y cántaros y ollas o braseros y copones grandes y otras piezas diversas. Atabalipa dijo que todo esto era vajilla de su servicio, y que sus indios que habían huido habían llevado otra mucha cantidad". Fue el primer botín de importancia que tomaron los españoles. Villanueva Sotomayor dice al respecto: "Se valoró ese primer tesoro de los incas en "ochenta mil pesos de oro y siete mil marcos de plata y catorce esmeraldas"".